Cuando apareció fue todo un cambio · Ana Maria Mazzini (“In arte, Mina”) nació en Busto Arsizio (Lombardía) el 25 de marzo de 1940. Se educó musicalmente en Cremona, por lo que sus fans la calificaron de “cremonese verace”. Ella se adjudicó el seudónimo de Baby Gale, con el que en 1958 grabó su primer disco, “Nessuno”. Se consagró a los 18 años, en octubre de 1959, en el programa de TV “Canzonissima”. La crítica señaló el surgimiento de esa privilegiada voz y de un impetuoso estilo como “Una revolución en el arte de la interpretación”. Su última aparición televisiva fue en 1974, en “Milleluci”, con Raffaella Carra, cuatro años antes del recital de la Bussola, con el que se despidió de los escenarios.
Esta exitosa muchacha lombarda (había nacido en Busto Arsizio, pero se crió en Cremona), a la sazón de 37 años, se había consagrado en una emisión televisiva de "Canzonissima", en octubre de 1959, al año siguiente de su debut en la Bussola, cuando todavía se hacía llamar Baby Gale, pero en la transmisión televisiva de 1959 volvió a ser Mina, nombre que mantuvo durante toda su carrera, aunque en los últimos años se la nombra también como Mina Mazzini, consignando así, junto al apelativo con el que conquistó la celebridad, el apellido real de la gran dama de l
ción nacional. En 1961 cantó "Le mille bolle blue" en el IX Festival de la Canción Italiana de Sanremo; el tema musical no se impuso en el encuentro, pero fue un éxito cuando la cantante lo llevó al disco. De su matrimonio con el actor Corrado Pani, en 1963 nació su hijo Massimiliano, que luego se convertiría en su arreglador musical. El segundo compañero de la joven Mazzini fue su maestro Augusto Martelli, una relación de tres años que acabaría en 1968. En 1970 se casó con el periodista Virgilio Crocco, de quien habría de separarse en 1972; de esta relación nació su hija Benedetta, que adoptó el apellido de su madre.
Entre los veinte años que llevaba cantando cuando se presentó por última vez en la Bussola y los veintidós que siguieron a su deplorado retiro de escenarios y sets en 1978, la trayectoria de Mina fue y es una de las más impresionantes en la historia de la canción popular; se calcula que a fines de 2000 llevaba vendidos alrededor de 60 millones de discos en todo el mundo, pero para varias generaciones de público su figura constituía un enigma: una voz maravillosa, pero sin cuerpo, sin imagen.
Así fue como en las historias del género pop se la registraba, hasta principios de este año, con los inconfundibles rasgos de un mito: había cantado temas en inglés, castellano, portugués, francés, alemán, turco y en japonés, amén de su repertorio fundamental en italiano toscano, y -lo más difícil- en varios dialectos: napolitano, milanés, genovés y romanesco (o "romanaccio", el habla popular de Roma). Y lo que sostenía su condición legendaria era que -según la afirmación de un crítico-, desde la autonegación de la imagen personal de la cantante, el nombre de Mina había asumido "los caracteres del mito: cada año, puntualmente, continúa regalándonos un nuevo álbum, como testimonio de su incólume deseo de cantar y divertirse; con el correr del tiempo, su voz gana en ductilidad y capacidad interpretativa, confirmando su innata condición de única".
La resurrección
"Soli... / Mentre la gente se ne va./ Restiamo soli / soli nel buio che verrà..." Escuchamos una grabación de Mina de 1965; el inquietante tema es "Soli". Su expresión, en la carátula del disco, rezuma ingenuidad, la despreocupación de una apenas abandonada adolescencia, con el rostro enmarcado en esa frondosa cabellera rojiza que le valió el epíteto de "la tigre di Cremona". En la mano derecha sostiene, pegado a la boca, un micrófono cuadrado, de esos que ya no se usan. Su voz,
había cantado temas en inglés, castellano, portugués, francés, alemán, turco y en japonés, amén de su repertorio fundamental en italiano toscano, y -lo más difícil- en varios dialectos: napolitano, milanés, genovés y romanesco (o "romanaccio", el habla popular de Roma). Y lo que sostenía su condición legendaria era que -según la afirmación de un crítico-, desde la autonegación de la imagen personal de la cantante, el nombre de Mina había asumido "los caracteres del mito: cada año, puntualmente, continúa regalándonos un nuevo álbum, como testimonio de su incólume deseo de cantar y divertirse; con el correr del tiempo, su voz gana en ductilidad y capacidad interpretativa, confirmando su innata condición de única".
La resurrección
"Soli... / Mentre la gente se ne va./ Restiamo soli / soli nel buio che verrà..." Escuchamos una grabación de Mina de 1965; el inquietante tema es "Soli". Su expresión, en la carátula del disco, rezuma ingenuidad, la despreocupación de una apenas abandonada adolescencia, con el rostro enmarcado en esa frondosa cabellera rojiza que le valió el epíteto de "la tigre di Cremona". En la mano derecha sostiene, pegado a la boca, un micrófono cuadrado, de esos que ya no se usan. Su voz, el filosísimo perfil de ese sonido agudo que asciende como un meteoro y que impuso el prodigio de un precoz estilo único, en esta canción roza niveles que dejan sin aliento. Como en un ejercicio de montaje temporal, saltamos al video que documenta su trabajo de grabación en el estudio de Lugano, a principios de este año (aquí hay que aclarar que nos perdimos la primera edición, cuyos 600.000 ejemplares salieron al mercado en una mañana de noviembre, y a las 6 de la tarde ya se habían agotado; ahora hay otro medio millón de videos en venta, recién aparecidos).
No sorprende ver su figura super- delgada, más que cuando tenía 35 años, porque algunas fotos publicadas en la revista Chi ya habían anticipado ese porte, lo que generó comentarios entusiastas de su hija Benedetta: "Usa el talle 42, por lo cual nos intercambiamos algunos vestidos". Del brazo de su hijo Massimiliano Panni (director artístico del rodaje), Mina recorre bajo la nieve el trayecto que va del auto a la puerta del estudio. Saluda a los músicos y se quita el abrigo. Luce una malla y pantalones negros, todo sobrio, como el arreglo de su rostro, apenas maquillado; un punto de oro en el lóbulo de una oreja, una larga trenza que prolonga su cabellera roja a lo largo de la espalda y -eso sí- un grueso echarpe negro que protege rigurosamente el cuello y su prodigiosa garganta del invierno suizo y también de las miradas insidiosas, porque la pérdida de 40 kilos debe haber dejado alguna secuela en la piel.
En el estudio hay un clima distendido, salpicado de bromas y risas. Ensayo y grabación del primer tema: una versión jazzeada, con mucha percusión, de "Pasqualino Marajà", uno de los tres temas de Modugno que incluirá la sesión. Después Mina graba el bolero "Tres palabras" (ya lo había hecho en los años ochenta, en alguno de sus muchos álbumes en castellano); frente al micrófono, ya grabando, se le cae una hoja del atril y, como una chiquilina sorprendida in fraganti en una torpeza, saca la lengua en una juguetona contracción, pero la grabación no se interrumpe. Cuando la cámara se sitúa a un lateral de su rostro, en los primeros planos se advierte el descomunal grosor de los cristales de sus anteojos, que la artista no disimula porque -ella lo sabe- sus seguidores no ignoran sus desvelos por sobreponerse a la ceguera que la amenazó hace unos años.
A cierta altura ingresa en el estudio su hija Benedetta; se saludan, se abrazan, y ahí se comprueba que, en efecto, la